10 años de una huella imborrable.

Hoy 7 de Diciembre, se cumplen 10 años del episodio que dejó su huella en los Villanueveros, hoy, ese día está escrito en la memoria de quiénes vivieron los momentos más tormentosos y de los que perdieron a sus familiares.

Queremos entregarles a todos ustedes el artículo de Gustavo Bell Lemus, en su artículo "Con sangre apagaron las velitas en Villanueva", escrito para El Heraldo y que narra con los rostros del dolor todo lo que sucedió en esa noche.
Por Gustavo Bell Lemus Director EL HERALDO

El 9 de diciembre de 1998 Rosa Campo esperaba celebrarle el cumpleaños a su hijo Javier Olmedo. Nunca lo haría: en la madrugada del 8 Javier fue asesinado delante de su novia en una jornada de sangre y fuego que haría desaparecer para siempre de Villanueva la noche de las ‘velitas’, una de las fiestas más entrañables que se celebran en los pueblos de la Costa.

En efecto, para los habitantes de Villanueva, al sur de La Guajira, la noche de las ‘velitas’ de aquel diciembre de 1998 se convirtió en una pesadilla que les quitó para siempre las ganas de volverla a celebrar: alrededor de ciento cincuenta hombres fuertemente armados y en trajes de camuflado, entraron al pueblo y sembraron el terror en sus calles, al asesinar, delante de familiares y amigos, a once de sus hijos.

Una verdadera tragedia colectiva para un pueblo que le ha dado al mundo entero lo mejor de la música vallenata, en las manos y en la voz de juglares como la dinastía de los Zuleta —Emiliano, el viejo, y sus hijos, Poncho y Emilianito—, Israel Romero, Orange ‘Pangue’ Maestre, Egidio Cuadrado, Jesualdo Bolaño, Andrés ‘El turco’ Gil y muchos otros que hacen de Villanueva la sede del ‘Festival cuna de acordeones’, el principal evento alterno al famoso ‘Festival de la Leyenda Vallenata’ que se celebra en Valledupar.

¿Cómo pudo ocurrir una masacre, como la de aquella noche de diciembre de 1998, en un poblado como Villanueva donde la música brota natural debajo de las piedras?

UNA PROVOCADORA TRASQUILADA

La llegada de los paramilitares a la medianoche del 7 de diciembre a Villanueva a ahogar con bombas y descargas de fusil el sonido de los acordeones y apagar con sangre las ‘velitas’ de los frentes de las casas, no fue sino la cruenta confirmación de una venganza que se empezó a anunciar y a presentir desde el 2 de febrero de aquel año.

Aquel día, un grupo de paramilitares irrumpió violentamente en la casa de la familia Molina en el barrio el ‘El Cafetal’ para llevarse a David, sindicado de ser militante del EPL. Sus familiares reaccionaron inmediatamente para impedir que lo sacaran, uniéndoseles muchos vecinos del barrio que se enfrentaron con los hombres armados. Como resultado de la refriega, uno de los carros en que se movilizaban los paramilitares fue quemado, y uno de ellos murió en la persecución.

El incidente repercutió por toda la zona. En una emisora de Valledupar empezaron a hacerle fieros a las autodefensas: “¡Vuelvan pa’ que vean!” “¡Allá en el ‘El Cafetal’ sí les dan! “Vinieron por lana y salieron trasquilados”.

A partir de ese momento la retaliación de los paramilitares se volvió cuestión de tiempo. El pueblo comenzó a vivir bajo el rumor de que, tarde o temprano, un buen día la venganza les habría de sobrevenir.

No obstante el ambiente de temor, de incertidumbre y de violencia larvada que se vivía en Villanueva, los aires vallenatos nunca dejaron de sonar: el ‘Festival Cuna de Acordeones’ se convirtió en una especie de tregua que nadie osó quebrantar. Todos sentían que el vallenato les pertenecía y había que gozárselo. Los grandes reyes de ese género musical, que se universalizó gracias a la versión de Carlos Vives de la ‘La Gota fría’ de Emiliano Zuleta, siguieron desfilando puntual por la tarima de la plaza central de Villanueva cada septiembre, para ser aplaudidos indistintamente por una audiencia donde de seguro se mezclaban guerrilleros, paramilitares, simpatizantes y auxiliares de ambos grupos, con el grueso de la población pacífica y alegre hasta las primeras horas del 8 de diciembre de 1998.

LAS EJECUCIONES DE LA ‘72’

Alrededor de las 12 de la noche del 7 de diciembre de 1998, ingresaron por dos puntos diferentes del pueblo sendas columnas de paramilitares uniformados que podían sumar entre 120 y 150 hombres. Todos los confundieron con efectivos del Ejército.

Para fortuna de los lugareños esa noche había llovido, y aún caía una pertinaz llovizna, razón por la cual muchos habían decidido permanecer en sus casas e irse a sus camas relativamente temprano. Varios de los que por diversas circunstancias fatídicas siguieron de fiesta y bebiendo ron, resultaron ser las víctimas de las balas de los paramilitares.

Los hombres armados empezaron a recorrer las calles del pueblo, un tanto vacías como consecuencia de la tímida lluvia que había caído antes. El grueso de ellos se dirigió a la calle 6ª, —mejor conocida como la ‘72’, por analogía a la de Barranquilla, donde antes tenían lugar los principales desfiles de los carnavales— y que atraviesa el ‘El Cafetal’. Llevaban una lista con los nombres de quienes iban a ejecutar.

Apenas dieron muerte al primero de los pobladores, confusas informaciones empezaron a circular por todo el pueblo. Muchos insistían en que se trataba del Ejército y otros los identificaron como lo que eran. Al regarse la bola, varios de los que pensaban que venían por ellos corrieron a esconderse donde podían y algunos se enfrentaron a bala con los paramilitares. Las detonaciones retumbaban en la noche.

Como no todos tenían certeza de lo que estaba ocurriendo y convencidos de que al no tener vínculo alguno con la guerrilla, o con los paramilitares, podían seguir festejando libremente, no le prestaron atención a las advertencias que estos les hicieron de irse para sus casas. Así mataron a varios jóvenes que, bajo los efectos de los tragos, osaron envalentonarse contra los hombres armados, como fue el caso de Javier Olmedo. (Ver recuadro)

En la esquina del billar que lleva el mismo nombre del barrio, ‘El Cafetal’, los paramilitares sacaron de su casa a Albert Contreras, quien había perdido a toda su familia en Mingueo y se había refugiado en Villanueva donde llevaba una vida tranquila. Delante de sus hijas le ordenaron que corriera tan solo para matarlo de tres disparos en la espalda.

Media cuadra más adelante los hombres armados hicieron lo mismo con dos hermanos de apellido López que se habían ido a acostar porque no podían con la borrachera. En la misma esquina, dos amigos de Javier que iban en bicicleta a verificar la noticia de su muerte, se toparon con los paramilitares a quienes les reclamaron airadamente lo que estaban ejecutando.
El cruce de palabras duró poco porque corrieron la misma suerte de su amigo.

A unas pocas cuadras de allí fue asesinado igualmente Ramiro Moisés Campo, uno de los líderes cívicos más populares y queridos por el pueblo. Al momento de entrar a su casa pasado de tragos y sin camisa fue increpado por los hombres uniformados quienes venían persiguiendo a dos jóvenes que los habían enfrentado a tiros.

Ramiro alegó fuertemente pidiendo que respetaran su casa en medio de las imploraciones de su esposa e hijas de que no lo maltrataran. Los hombres entraron a las habitaciones y al no encontrar a nadie volvieron a salir, pero uno de ellos rompió una ventana lo que exasperó aún más al dueño de casa. Mientras su esposa trataba por todos los medios de calmarlo, llegaron nuevos hombres uno de los cuales le propinó un violento culatazo en la cara y posteriormente le hicieron dos disparos a quemarropa. Ramiro, un hombre de una generosidad sin par y quien decía jocosamente que su única arma contra los violentos era el ‘puente’ que tenía en su boca, murió en la puerta de su casa.

Cuando ya despuntaban los primeros rayos del sol, los paramilitares emprendieron la retirada hacia la Serranía del Perijá pasando incluso por las mismas rutas de los guerrilleros, sin que estos les hicieran nada. Al amanecer, el pueblo comenzó a tomar conciencia de lo que había ocurrido y a llorar sus muertos, a quienes los familiares les prendieron las últimas velas que encenderían por el resto de sus vidas.

La fiesta de las ‘velitas’ en Villanueva se marchitaría así para siempre.

Hoy Villanueva respira un nuevo aire y vive un prolongado período de tranquilidad, sus habitantes se ufanan que desde hace veinte meses no ha habido una muerte violenta. El Festival Cuna de Acordeones recibe cada año más visitantes. Este año se le hará un homenaje al vicepresidente Santos. La masacre de aquella noche de diciembre, sin embargo, ha quedado en la impunidad.

LAS 23 VELITAS QUE NUNCA SE ENCENDIERON

La casa de Rosa Campo y Alfonso Olmedo tiene siempre un aroma especial.

De día el del café que se tuesta en los secadores del patio y que Alfonso trae en sacos a lomo de mulas desde su finca en el Perijá a cinco horas de camino entre montañas y quebradas.

De noche, es la fragancia que desprenden los árboles de ‘azahares de la India’ que flanquean uno de los costados de la casa, aquella por donde a escasos tres metros corre una acequia que murmura continuamente el sonido de las aguas en movimiento.

Como aquella noche del 7 de diciembre había llovido, el olor de los árboles agradecidos era más intenso. Nada le hacía pensar a Rosa que no podría celebrarle los 23 años a su hijo Javier el 9, pero horas más tarde recibió la infausta noticia de que había sido asesinado delante de su novia Lina.

Fueron los suegros de Javier los que le llevaron el insuceso a Rosa quien se encontraba sola en su casa. En medio del llanto y el dolor, irrumpieron violentamente varios de los paramilitares que venían en persecución de otros jóvenes y sin consideración alguna abrieron fuego por todas las habitaciones, destrozando todos los objetos a su alrededor. Aún los impactos de las balas se aprecian en las paredes, sillas, mesas, en la estufa y en la nevera como testigos mudos de la barbarie.

El intenso olor a pólvora amargó por un tiempo la fragancia de los ‘azahares de la India’. En el centro de la sala de la casa de Rosa se halla una foto de Javier ostentando orgulloso su diploma de bachiller. Para ella, él aún está vivo y conversan el día entero, incluso lo manda a dormir todas las noches.

LAS MALDICIONES DE LA RIQUEZA

Los villanueveros coinciden en señalar que fueron las sucesivas bonanzas económicas que experimentaron sus zonas aledañas, a partir de mediados de la década de los setenta del siglo pasado, la causa remota de la violencia que asoló el pueblo. Primero fue la de la marihuana, luego la del café y después la del carbón.

En efecto, la súbita aparición de riqueza en la región atrajo a la guerrilla, en particular el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y el Ejército Popular de Liberación, EPL, quienes aprovecharon la topografía de la Serranía del Perijá, contra la cual se recuesta Villanueva, para conformar sendos frentes que durante muchos años expoliaron sistemática e implacablemente a sus pobladores y los de los pueblos del Cesar y del sur de La Guajira.

Amparados en la escarpada Serranía y en la poca presencia de la fuerza pública por esas tierras, el ELN y el EPL hicieron del Perijá un santuario de sus operaciones, del secuestro y la extorsión.

A sus campamentos, ubicados en las estribaciones de los montes, iban a dar los representantes de las empresas carboneras, de transporte, comerciantes, agricultores, ganaderos y demás, a negociar el pago de las famosas ‘vacunas’ o la liberación de un familiar.

Jefes guerrilleros como ‘Marlon’, del EPL, o ‘Faner’, del ELN, adquirieron una temible reputación. Se negociaba tanto en sus campamentos que estos empezaron a ser llamados como las ‘oficinas’.

Bajo la sombra de esta frondosa ceiba, los guerrilleros convocaban a los jóvenes de Villanueva para reclutarlos a sus filas con la promesa de obtener buenos ingresos.


El poder de la guerrilla en la zona era casi absoluto. Había días en que sus efectivos se daban el lujo de pasear y parrandear abiertamente en las calles y establecimientos de Villanueva, a donde periódicamente iban a reclutar jóvenes analfabetas —bajo la apacible sombra de una gran Ceiba— con el señuelo de pagarles una generosa remuneración y un futuro halagador para sus familias.

Pronto, Villanueva empezó a adquirir la fama de ser un fortín de la guerrilla y a ser considerado en el mapa de la región como un punto rojo. Contribuyó a esa estigmatización los vehementes señalamientos que algunas personas, desplazadas por el accionar de la guerrilla, hacían a través de emisoras de Valledupar. Ser villanuevero llegó a ser así, casi sinónimo de guerrillero.
Los jóvenes que estudiaban en Santa Marta o Barranquilla cuentan que escondían sus cédulas para evitar que los sindicaran de guerrilleros, especialmente cuando viajaban en bus a esas ciudades.

APARECEN LAS AUTODEFENSAS Al arreciar los secuestros, las extorsiones, la quema de buses y tractomulas y los asesinatos de los frentes del ELN y del EPL, quienes parecían embriagados con los jugosos pagos que le hacía una población atemorizada, empezaron a surgir los grupos de autodefensas que desde un principio tuvieron en la mira a los pobladores del barrio el ‘El Cafetal’, calificados como cómplices de la guerrilla.

‘El Cafetal’ está habitado en gran mayoría por campesinos que tienen sus fincas y pequeñas parcelas en las estribaciones del Perijá, donde producen gran parte de los alimentos que se consumen en la zona: frutas, aguacate, maíz y un café orgánico de excelente calidad que en su mejor momento generó buenas ganancias. Esa producción, sin embargo, no solo alimentaba a los villanueveros, sino que también tenía que alimentar a los frentes guerrilleros quienes, bajo amenazas, obligaban a los pequeños campesinos a entregarles parte de ella. Así, como en muchas otras regiones del país, los campesinos quedaron atrapados en medio de la confrontación entre la guerrilla y el Ejército, a los que se les sumaron los emergentes paramilitares.

En relación con el homicidio de 10 personas en el barrio El Cafetal de Villanueva, La Guajira, ‘Jorge 40’ admitió que fue él quien dio la orden de ingresar al vecindario el 8 de diciembre de 1998. “El Cafetal se había convertido en un barrio campamento del frente Luciano Ariza de la guerrilla del ELN”, sostuvo el desmovilizado.La crímenes fueron comandaos por alias ‘Daniel’ y participó un pequeño grupo de ‘paras’. ‘40’ explicó que se escogió la madrugada de ese día porque el sonido de los disparos se iba a confundir con el de la pólvora que se quema durante el 7 de diciembre en conmemoración del Día de las Velitas.

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